Yo sí les dejo pintar las paredes

Cuando eran pequeños les dije que podían pintar en las paredes, en las de su habitación, con lápiz.

Hacían pequeños muñecos, rodeaban fotos que habíamos puesto en la pared a la altura de sus ojos, comenzaban a preguntar cómo se escribía determinado objeto y ponían al lado su nombre… A lápiz y no mucho. Como podían hacerlo tampoco era lo que más les llamaba la atención.

Con tres o cuatro años, Mario, el pequeño me pidió hacer un dibujo en una pared del salón que quería copiar de un libro de cuentos de la biblioteca que le gustaba mucho.

Eso ya eran palabras mayores, jejejejejejeje… Aún así, como copiaba muy bien los dibujos que le gustaban, accedí.

Mario lo copió (incluyendo algún toque personal) y entre los dos, él e Ismael, lo pintaron. Una vez terminado les ayudé a perfilarlo de negro para resaltarlo.

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Fue una experiencia maravillosa. Quedó genial.

Hace cuatro años decidimos cambiar la habitación. Aquellos trazos a lápiz desaparecieron bajo la pintura y quisieron hacer un nuevo dibujo en una de las paredes, aprovechando que ahí no van muebles.

Por supuesto que sí, les dije, y se pusieron manos a la obra.

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La verdad es que se pegaron una buena paliza porque en un solo día tenían que hacer el dibujo a lápiz, pintarlo y perfilarlo en negro.

Eso sí, quedó como ellos querían y están orgullosos de su obra.

La próxima vez que pintemos la habitación seguro que la temática cambia. Imagino una sala de Howards o algo así, jejejejejeje… en la pared y en el techo algo relacionado con Star Wars.

Tenemos que dejar que tomen decisiones sobre sus espacios, que se impliquen en la elección de sus muebles, en el montaje, en la decoración, en la organización y, también, en la limpieza y orden de los mismos.

 

Bichos

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Una manera sana de educar a nuestros hijos es enseñarles que todos los seres vivos son importantes. Animales y vegetales tienen su misión, cada uno de ellos y en su conjunto.

Aprovechando el tiempo libre que tienen en verano, sin cole ni deberes (espero) podemos realizar con ellos muchas actividades enfocadas a este objetivo.

Hoy os propongo una que les encanta y que he puesto en práctica en diferentes ocasiones y entornos: en casa, en colegios, en campamentos…

Si disponéis de jardín propio, de jardín en la comunidad de vecinos en la que vivís o donde quiera que estéis pasando las vacaciones y podéis poner en práctica esta actividad, no dejéis de llevarla a cabo.

Se trata de construir un “Hotel de Insectos”.

Será un lugar interesante para que los bichillos que habitan por la zona y que son tan beneficiosos se refugien y construyan sus nidos.

Sobre todo es interesante dar cobijo a los descomponedores. Son los encargados de descomponer, valga la redundancia, los restos que quedan después de haber actuado los productores y los consumidores.

Se alimentan de materia orgánica muerta, residuos, excrementos… y, parte de ese proceso se convierte en humus, tan importante para la tierra.

Aumentan la fertilidad del suelo y permite que el ciclo de la vida vuelva a circular alimentando a las plantas y ella, de una u otra manera, a nosotros.

¿Qué insectos se consideran descomponedores? Ufffff… hay miles, pero los más conocidos podrían ser: arañas, ácaros, moscardones, moscas domésticas comunes, moscas de la fruta, escarabajos, larvas de mosquito…

También son muy importantes los polinizadores: abejas, abejorros, avispas, hormigas, mariposas, mariposas nocturnas (polillas)…

Así que, adelante, preparad un cobijo para ellos cerca de vuestro jardín, huerto, parque… Dejad que los niños aprendan, observen, saquen conclusiones, comenten y realicen actividades relacionadas con el tema.

Dejad a mano un cuaderno de campo donde se vayan anotando los cambios que se suceden, quienes se instalan, quienes permanecen en invierno o verano o se van, si utilizan el espacio creado para reproducirse, qué materiales les gustan más a cada especie para vivir, cuales conviven entre sí y cuales no, etc.

Podéis darle la forma que queráis, más grande, más pequeño, utilizar todos los materiales que encontréis por la zona o por otro lado, colocarlos en la disposición que consideréis oportuna… ellos buscarán lo que más les interese.

Visitar una biblioteca o por interenet y buscar información sobre cada especie que pase por el Hotel para aprender más sobre ella, realizar murales, lapbook, maquetas a escala, manualidades relacionadas con el proyecto o lo que se os ocurra.

También hay que ser coherentes luego en casa, claro, y dar ejemplo. Así que, si os encontráis un “bicho”, en lugar de aplastarlo o forrarlo de insecticida, invitarle, tranquilamente, a que se marche por la puerta o ventana y busque su propio alojamiento.

Espero que os guste y os pongáis manos a la obra.

Es posible y beneficioso educar sin castigar

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Lo más importante que tenemos que realizar es tener la seguridad de que el castigo no es una forma efectiva ni respetuosa de educar, no sirve para nuestro objetivo, ayudar a que nuestros hijos tengan comportamientos que no les dañen ni les pongan el peligro ni a ellos ni a nadie.

Los niños nos observan, todo el rato. Y nos necesitan como guía, contención, ejemplo y refugio. Si les hacemos sentir abandonados o humillados la confianza y la seguridad que esperan de nosotros se quiebra y lo único que les enseñamos es a sentir que no estamos a su lado.

Los niños nos observan porque aprenden repitiendo lo que nosotros hacemos. La manera lógica de enseñarles a tratar a los demás es tratándolos nosotros como deseamos que ellos hagan y como deseamos nosotros ser tratados. Y, realmente, ¿a qué me refiero? A que todos queremos ser tratados con empatía, siendo escuchados y comprendidos. Si nosotros recurrimos a la violencia directa o la violencia emocional, al abandono o la humillación, aprenderán que es lo que de ellos se espera.

Pero, atención, eso no significa que haya que dejar que los niños hagan lo que quieran, ni que no respeten a los demás. Nuestra obligación como padres es intervenir y enseñarles que hay comportamientos que no son adecuados. Si los dejamos solos ellos no pueden aprender, es más, si no intervenimos reforzamos esas acciones lo que, a largo plazo, puede convertirse en incontrolable y nuestros hijos ser niños sin límites, maleducados, violentos y sin un concepto claro de que los demás tienen derechos que hay que respetar también.

Y, por supuesto, los niños hacen cosas que no deben hacer. Seguro que tenéis muchos ejemplos, aunque, me temo, no siempre todo lo que esperamos de un niño es justo, viable o adecuado para ellos. Tenemos que tener el valor de repasar nuestras normas y expectativas y hacerlas, de verdad, centradas en el bienestar del niño y no solo en nuestros deseos o convenciones.

La cuestión es clara, si nuestro hijo hace cosas que pueden dañarle o dañar a otros (también a nosotros) hay que intervenir. Pero paciencia, los niños no aprenden a la primera y puede ser necesario repetir y explicar muchas veces hasta que asuman como justa esa norma. Están creciendo y no siempre manejan bien sus impulsos o emociones.

Cuando para conseguir tu objetivo educativo castigas el niño se siente enfadado y se pone a la defensiva, tiene miedo y rabia y eso desencadena incluso reacciones bioquímicas que les hacen sentir mal e interfieren en el aprendizaje. Se olvidan de la causa del castigo, especialmente los más pequeños, y solo sienten una enorme frustración y pena. Pierden la confianza en nosotros y nos mentirán en el futuro. A la larga, lo único que te queda es aumentar la intensidad y frecuencia del castigo.

¿Qué podemos hacer entonces? Establecer límites, pero siempre conectados al niño, ofreciéndole la seguridad de nuestro amor y confianza, explicando con paciencia y de manera adecuada a su nivel de maduración, las consecuencias de lo que estaba realizando para que pueda llegar a entender y aprender.

Mireia Long

¿Por qué castigamos a los niños?

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Muchos padres, incluso los que repudian el más mínimo castigo físico y están trabajando intensamente para no gritarle a sus hijos, no encuentran más solución que la imposición o, si son desobedecidos, el castigo.

Realmente se encuentran sin más herramientas que las que han recibido ellos de niños y las que aplica el entorno para educar a sus amados pequeños y lo hacen, sobre todo, por temor a que el niño pueda correr riesgos o agobiados por excesivas expectativas sobre lo que deben esperar de ellos.

Desde la etapa de las rabietas los castigos, más que mejorar el comportamiento del niño, lo empeorarán y se va entrando en una espiral de violencia emocional y oposición que solo conduce a más castigos como manera de educar, algo que, a la larga, no provoca que el niño sea más comprensivo, responsable y motivado, sino que lo alejan de sus padres, le hacen perder confianza en ellos y en él mismo y hace que, para no ser castigado, se acostumbre a ocultar y mentir.

Además, los padres llegan a usar los castigos para razones completamente absurdas y peligrosas, ocultando los problemas de sus hijos que están provocando las situaciones que disturban a los adultos: peleas entre hermanos, falta de cuidado con las cosas, malas notas, palabrotas, despistes y dejadez en la colaboración en el hogar. Todas esas cosas son síntomas de malestar en el niño: necesidad de atención, desmotivación escolar, cansancio, escasez de juego libre y un número de obligaciones y normas que a veces son prematuras en su desarrollo.

Muchas de esas situaciones, además, merecen y necesitan atención de los padres, para reconducirlas escuchando a su hijo que hable sabiéndose en un entorno seguro y amoroso.

El castigo solo aleja al niño de la idea de un hogar confiable. Aprenderá a mentir y ocultar, y, como mucho obedecerá puntualmente por miedo al castigo, y no por convencimiento de que debe actuar de determinado modo. Es decir, no lo hace responsable y consciente, sino que disminuye su autoestima, le hace sentir humillado, viviendo una situación injusta. Al final, incluso, se sentirá una mala persona y construirá una imagen de sí mismo desvalorizada.

Llegada a la adolescencia la confianza se habrá quebrado y explotará en mayor resentimiento, alejamiento y oposición, algo que podría haberse evitado con una educación realmente consciente, abierta y respetuosa, que partiera de conocer y comprender al niño y acompañarlo en la adquisición de modos de relacionarse sanos y pacíficos.

Pero, ¿existen alternativas reales para no usar los castigos? Sin la más mínima duda, así es. Y os lo contaremos.

 Mireia Long

Ni castigos, ni crianza caprichosa

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Mi tránsito personal por la crianza respetuosa ha sido sencillo, mi hijo ha sido respetado en sus necesidades, acompañado en sus emociones, pero también ha recibido explicaciones para que pudiera entender que los demás, igual que él mismo, merecen respeto y tienen necesidades.

Cuando hablamos de criar sin azotes, sin castigos y sin violencia suelo encontrarme con críticas de padres que citan a familias que conocen que, al final, no han sabido entender bien la esencia del respeto y han convertido a sus hijos en pequeños tiranos que se creen que cualquier apetencia, deseo o idea debe ser cumplida inmediatamente por sus padres.

Confunden, entonces, los que les critican y los que han dejado que el niño se convierta en dueño absoluto de las vidas de todos, el respeto con el capricho.

Pero no es lo mismo, más bien es todo lo contrario, porque el respeto no es algo unidireccional, el respeto es comprender las necesidades del otro y darles cabida en nuestra vida, diferenciando la necesidad básica de seguridad, afecto y cuidados con los caprichos puntuales o las expresiones de necesidades que se disfrazan de peticiones no lógicas.

La crianza caprichosa

Los padres, en esos casos, son los responsables de encauzar al niño, educándolo en valores, explicándole, abrazándolo si es necesario, pero no poniéndolo por encima del mismo Universo.

Niños que, pasada la edad de las rabietas, esos momentos en los que la emoción les supera y no saben expresar ni canalizar sus sentimientos, se desbordan naturalmente, siguen montando dramas por verdaderas tonterías y, sus padres, sin autoridad ni argumentos, ceden ante ellos poniendo a los niños por encima de todos y de la misma lógica.

Niños impertinentes, que no son capaces de marcarse el límite del respeto hacia los demás, que tratan de imponerse sobre otros niños o adultos, que no se comportan de forma educada. Niños caprichosos que no devuelven respeto, que hablan a sus padres de forma airada mientras ellos se humillan para calmar al pequeño rabioso.

No, eso no es crianza respetuosa. La crianza respetuosa es ejemplo y educación, los niños realmente educados en el respeto saben respetar a los demás. Eso es crianza caprichosa.

Las necesidades del bebé

Las necesidades de un bebé son soberanas. No tienen cabida para las explicaciones y solamente, los límites reales de los padres, deberían ser un freno a las necesidades del bebé. Dormir acompañado, ser abrazado, llevado en brazos, alimentado a demanda y atendido en su petición de contacto y cariño son necesidades. Ante eso, a los padres, nos queda dormir poco, salir poco y dejar nuestras apetencias personales aparcadas cuando nuestro hijo nos necesita.

Pero a medida que crece el niño y es capaz de entender el lenguaje y a los demás, la función de los padres aumenta en su exigencia aunque pueda ser menor la exigencia real de atención directa. Ahora debemos educar, no controlar ni encauzar todo lo que el niño pida, sino entender que la necesidad real es una cosa y la expresión de esas necesidades es otra.

Necesidades y caprichos

Un niño que pide un juguete, ser el primero en sentarse en el coche, elegir su puesto en la mesa, comer determinados alimentos poco adecuados para su salud o simplemente, ver cumplidos todos sus deseos, lo que expresa no es que necesita esa cosa concreta, sino que está pidiendo otra cosa: a veces son límites, a veces son explicaciones, a veces es la seguridad de que es amado, comprendido y también, y eso es fundamental, guiado.

Una excesiva creencia en que los niños, inocentes y libres, deben ser nuestra única guía es un error en mi opinión. El niño necesita unos padres seguros, comprensivos, capaces de empatizar con él, pero también de demostrarle que los demás, ellos mismos incluidos, son personas con derechos y necesidades.

Darle a un niño pautas y límites en los que crecer libremente y de forma respetuosa no es castigar, ni mucho menos pegar o amenazar. Es más complicado, más cansado y exigente, implica una gran dedicación y un enorme aprendizaje personal. Pero desde luego tampoco la alternativa al castigo es la crianza caprichosa.

Mireia Long

Los castigos y los niños sin límites

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Los límites en una crianza empática

Los límites son necesarios, indispensables. Los límites son físicos, son una premisa para la seguridad de todos y para el bienestar emocional de uno mismo y de los que nos rodean. Por eso considero muy importante que los padres que quieren educar con respeto, empatía y dulzura, sepan también que una de las cosas más importantes que deben saber hacer es poner límites.

Los límites son el respeto

Y este es un límite no arbitrario. El respetar el derecho de los demás y no ejercer nuestra libertad o capricho sobre los derechos de los otros. Nuestro bienestar real forma parte del bienestar de los otros.

Los límites son el respeto. Con un bebé los límites son diferentes, pues el bebé es pura necesidad. Necesita el pecho, aunque consideremos que ha comido bastante. Necesita nuestros brazos y nuestra compañía en la vigilia y en el sueño. En esa etapa, nuestras necesidades son menos importantes, pues el bebé puede necesitarnos a costa de nuestro descanso. Pero incluso entonces debemos ser conscientes de lo que necesitamos también nosotros y tratar de comunicárselo con dulzura y empatía.

Sin embargo, a medida que crece el niño y va comprendiendo el lenguaje, la educación que le vamos a dar los padres es fundamental, tanto hacerla de manera respetuosa y no ejerciendo una autoridad incuestionable o imponiéndola con castigos, gritos o golpes, como el transmitir también nuestras necesidades, pues solamente mediante una guía responsable y coherente conseguiremos que el niño sea realmente empático y sepa respetarnos como personas con los mismos derechos que ellos.

Criar sin castigos no es criar sin límites

Educar con respeto, no es ser esclavos del niño, plegarnos a sus caprichos más peregrinos o permitir que nos falta a nosotros o a otras personas al respeto. Si no se pega, no se pega. Es decir, nosotros no pegaremos, pero tampoco podemos consentir que el niño pegue, o insulte o manifieste sus caprichos de manera agresiva.

La diferencia estriba en saber distinguir lo que es necesidad primaria y lo que es una necesidad reflejada, algo que merece un tema más extenso. Pero, resumiendo, un niño no necesita hincharse a helados o bollos, no necesita correr por un restaurante molestando a camareros y comensales, no necesita machacar a los otros niños o a sus padres con gritos o enfados si no se cumplen todos sus deseos.

Tan triste me parece el niño que nunca puede ser un niño y correr en libertad por miedo a un cachete o a un insulto como el niño que crece sin entender que relacionarse con los demás supone un ejercicio de responsabilidad y empatía bilateral.

Sin chantajes ni etiquetas, también es nuestra obligación, igual que nos ponemos en su piel y entendemos sus sentimientos, explicarle el nombre de estos y como funcionan en las otras personas. Si nos molesta que grite o ponga la televisión a todo volumen debemos explicarlo sin perder la paciencia, desde pequeños, para que crezcan como personas completas y seguras.

La seguridad se cimenta en la confianza

La seguridad del niño y la confianza en sus padres se cimenta en la empatía mutua, paulatinamente educando en la reciprocidad y el entendimiento de que ni somos los adultos los que nos imponemos en nuestros deseos siempre ni los niños tienen derecho a molestar a los demás por el hecho de serlo.

Educar en empatía no es educar sin límites ni convertir a los niños en salvajes egoístas, sino todo lo contrario, ayudarles a ser responsables de sus actos y respetuosos con los demás.

Los límites físicos son comprensibles y los niños los asumen por experiencia. Los límites en el comportamiento se aprenden del ejemplo y de la coherencia, no dándoles carta blanca para cualquier comportamiento por muy molesto que sea, sino exponiendo las razones por las que hay un lugar y un sitio para todo. No debemos temer poner límites a los comportamientos inadecuados, con paciencia y sin violencia, pero hay que ponerlos y explicarlos.

No podemos confundir educar con respeto con educar niños sin límites, pues precisamente educar es formar personas responsables que sepan respetar a los demás y entenderlos, empezando por respetarlos y entenderlos nosotros, pero no quedándonos en eso y dejando que la naturaleza siga su curso sin control.

Mireia Long

Tesoros

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Encontrar tesoros es una de las actividades que más les gusta a los niños realizar durante las vacaciones. Da igual si son grandes o pequeños. La cuestión es que sean “especiales”.

Especial es una rama con forma de varita mágica. Especial es una piedra que tiene tres colores. Especial es una semilla “rara” encontrada en la montaña. Especial es una concha o un caracol encontrado en la playa, aunque sea un resto de chiringuito, jejejejejejeje…

Así que, como los niños son muy dados a buscar tesoros, es interesante disponer de un lugar también mágico para irlos guardando.

A nosotros, lo que más nos gusta, es meter los tesoros en un cofre pirata. Es relativamente sencillo de hacer con una caja grande, témperas, cartulinas metalizadas y unos remaches, pero también puede servir una caja decorada con témpera y pegatinas o similar.

Otra cosa que podéis hacer con los tesoros “muy, muy” especiales es exponerlos. Hay muchas maneras de hacerlo: en la librería del salón, en una estantería de la habitación, en una vitrina de cristal en un lugar de paso de la casa…

Nosotros, con los objetos pequeñitos, hacíamos cuadros como el que os enseñamos.

En este caso era una caracola que a los niños les pareció única. Decían que era mágica. Así que, decidimos darle un lugar importante en nuestro hogar, junto a la ducha, donde la veríamos a diario y nos recordaría lo bien que lo pasamos buscando tesoros por la playa.

Os cuento como lo hicimos porque es muy sencillo y queda precioso.

  • Elegimos una lata de sardinillas vacía y bien limpia.
  • Pintamos el fondo con pintura acrílica azul, haciendo unos trazos horizontales como si fuera el mar.
  • Con pintura acrílica verde improvisamos unas algas dando toques verticales con el pincel sobre el fondo azul.
  • Pusimos cola blanca de carpintero en la parte de abajo del interior de la lata y añadimos arena de la misma playa sobre la cola, en cantidad suficiente para cubrirla, y lo dejamos secar 24 horas sin moverlo.
  • Sacudimos la arena sobrante al día siguiente.
  • Con cola blanca, pegamos la caracola donde más nos gustó y la dejamos secar.
  • Por la parte de atrás de la lata, pegamos un colgador ligero y…

Listo!!! Nuestro cuadro-expositor quedó genial. Os animamos a probar.

Los castigos y la indefensión aprendida

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El castigo en psicología es un método de modificación de conducta que consiste en aplicar un estímulo aversivo como respuesta a un comportamiento, en teoría “inadecuado”. Aunque el castigo físico está cada vez menos extendido entre los recursos educativos que empleamos para los niños, otra multitud de castigos son utilizados frecuentemente en la educación de nuestros hijos.

El castigo, igual que otro tipo de técnicas como el refuerzo intermitente o la manipulación psicológica puede derivar en lo que se conoce como indefensión aprendida, en la cual, la víctima pierde no sólo la capacidad de reaccionar ante su situación sino también la “idea” de que puede reaccionar ante una situación de injusticia contra él o contra otra persona.

La persona queda así a expensas de lo que los demás quieran hacer, sin capacidad de escapar de una situación de abuso, sin posibilidades de hacer nada para cambiar su vida y por supuesto sin habilidades para defenderse o defender a los demás.

Cuando nos preguntamos porqué alguien, ya sea un niño o cualquier otra persona, no reacciona ante un ataque hacia sí mismo o hacia los otros, siempre tenemos que preguntarnos si dicha persona no padece indefensión aprendida. La víctima queda paralizada, no puede reaccionar y por tanto no puede defenderse. “Esto es lo que hay y no puedo hacer nada para cambiarlo” es la primera idea que se instala en la mente de una persona que sufre indefensión aprendida. La indefensión aprendida puede acabar derivando en muchos casos en una depresión.

Irene García Perulero. Bióloga y Experta de la Pedagogía Blanca

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